miércoles, 12 de septiembre de 2018

NOTA PUBLICADA EN SEMANARIO ESCOLAR DE ORIENTACIÓN ARTÍSTICA, REDACTADA POR EXALUMNO DE PROMOCIÓN 2011 PARA ANIVERSARIO N° 25 DEL COLEGIO.


Acá te digo cómo calzarte la guitarra de modo que todos sepan que sos uno de los más grandes del mundo, o por lo menos uno de los veinte mejores del país.
Acá te digo cómo lastimarte la yema de los dedos con las cuerdas hasta que te sangren. Va a doler un poco, pero tu espíritu romántico va a pensar que el concepto de sangre, sudor y lágrimas rige para todo tipo de artistas. A los doce años asusta un poco la marca de las cuerdas de acero en los dedos, pero te acostumbrás rápido. Y te va a gustar cuando veas que las chicas preguntan con admiración qué te pasó. Si se acerca una en particular y pregunta si te lo hiciste tocando la guitarra, no contestes que sí. No dejes que todos sepan que tocás la guitarra, sé humilde. La tentación va a ser grande, pero resistí.
Resistí cuando llegue tu primera oportunidad para tocar en público, aunque dicha oportunidad no sea más que una muestra de fin de año en el colegio y los micrófonos anden mal, nadie preste atención y el tema a ejecutar sea una balada pop elegida por la profesora de música. Resistí la tentación de hacerte el rockero, acá te digo cómo.
Lo ideal es que desde el principio tengas una amiga que te diga cuándo estás haciendo el ridículo, que no te deje ir demasiado lejos. Por ejemplo, que no te deje llegar al escenario de la muestra de fin de año con una vincha en la cabeza simulando que sos Jimi Hendrix si todavía no sabés lo que es –ni, sobre todo, cómo suena- una escala de blues.
Eventualmente podrás enamorarte de tu amiga, incluso tal vez ella también se enamore de vos. No importa. No dejes de escuchar sus consejos. A pesar de que sea tu amiga y de que hay confianza absoluta, no le muestres cada avance que hacés con la guitarra. La razón es simple: si mostrás cada paso que das, va a ser como cuando ves a un amigo muy seguido, no vas a notar que está envejeciendo o engordando o adelgazando. Lo mejor es que el cambio se perciba después de un tiempo de silencio.
(No te olvides de que tocar la guitarra es dominar el silencio).
Acá te digo cómo resistir la tentación de hablar de acordes y armonía en voz alta con la intención desagradable de que los demás te escuchen y piensen que sos genial. Algunos tal vez lo piensen, pero, creeme, la mayoría no. Y no está mal. En todo caso, dominar el silencio es también saber cuándo callar. Lo peor que le puede pasar a un músico es hablar.
No hables tanto, escuchá.
Si un día tu Amiga te deja de hablar porque dice que ya no te sentás con ella en el comedor y que es evidente que te gusta una chica, llamémosla Agustina, con quien supuestamente compartís mucho más tiempo que con tu Amiga y con quien, además, se nota que la pasás mejor, no pierdas la paciencia. Va a decir que sos un pollerudo, que si tu amistad tiene el precio de una cara bonita entonces esa amistad no vale nada. Vos vas a mirarla con tu mejor cara de indiferencia, como si no supieras de qué está hablando. Si sos bueno haciendo caras, la expresión exacta tendría que ser: “No sé de qué hablás, a mí solo me importa la música”. Tal vez te salga bien y ella no tenga más remedio que creerte, en cuyo caso vas a estar salvado. Pero si tus caras son más o menos inexpresivas como en mi caso, contestá que las personas no tienen dueño y que los almuerzos son inventos de las personas, por lo tanto los almuerzos tampoco tienen dueño. Ella se va a enojar, vos vas a poner tu mejor cara de insensible, como si la capacidad que adquirieron las yemas de tus dedos para endurecerse se hubiera extendido a tu cuerpo y a tu carácter. Y a la noche, prestá especial atención a esto, cuando hayas terminado tu práctica diaria y ya estés acostado, considerá el hecho de que quizá tu Amiga tenga razón. Preguntate cuántas veces le pagaste un almuerzo íntegro a Agustina, incluyendo la doble ración de queso que ofrecen en el comedor cuando el menú es hamburguesa, y tratá de acordarte cuántas veces hiciste lo mismo con tu Amiga. Cuántas veces aconsejaste a tu Amiga sobre Cuestiones Importantes, y cuántas veces lo hiciste con Agustina. Al principio vas a fingir no acordarte, pero con el paso de los minutos tus ojos van a acostumbrarse a la oscuridad y vas a saber exactamente el número de veces que hiciste cada cosa. Si llegás a la conclusión de que tu Amiga tiene razón, llamala en ese mismo momento. Nada de mensajes, nada de esperar al día siguiente para hablarle a las ocho de la mañana en la fila de saludo a la bandera.
 No esperes que sea demasiado tarde. Practicá todos los días hasta que sientas algo parecido a las ganas de vomitar. O, directamente, hasta que sientas ganas de vomitar. No te olvides de que sos un cuerpo. Tus padres van a decir que sos inteligente, sensible, que te va bien en el colegio, que tenés buen corazón, etc., pero mentalizate: sos un cuerpo. Y todo ese cuerpo, esa masa de tejidos, membranas y células tiene que apuntar a un solo lugar: la guitarra. Los instrumentos también son un cuerpo y también tienen sus mañas. Dicho sea de paso: te van a doler los músculos de los brazos, de la espalda, la cadera, partes que no sabías que tenías.
Te voy a decir cómo conseguir púas gratis, juegos de cuerdas, líquidos especiales para limpiar el cuerpo de tus guitarras. Las principales empresas de instrumentos musicales están todo el tiempo buscando jóvenes prodigio que quieran representar la marca. Tenés que estar entre ellos. Subí videos a instagram, sé fiel a tu propio estilo. Tenés tu estilo cuando descubrís que no podés tocar de otra manera, cuando no podés escapar de vos mismo. Tener estilo es conocerse y aceptarse, algo parecido a una práctica zen.   
Acá te digo cómo llorar en tu cama cuando no te salgan acordes rebuscados que llevan sejilla [con falta de ortografía, la transcripción es literal].
Acá te digo qué probabilidades hay de que una cuerda se tense tanto que se corte y te saque un ojo.
No está prohibido llorar a la noche si descubrís que tu vida entera depende de la música y que es un arma de un solo tiro. Fallar es lo mismo que morir. Vas a tener una vaga conciencia de que estás entregando tu juventud, que es una sola.
Los músculos, que al principio se van formando tersos y ajustados al cuerpo, con el tiempo se van a caer. La gravedad va a actuar sobre ellos porque los únicos músculos que vas a ejercitar son los del antebrazo. Es otro de los sacrificios que vas a hacer.
Si estás improvisando con un compañero, dejá que el primer solo lo haga él. Después va a haber tiempo para vos.
Acá te digo cómo tener aunque sea un poco de cultura general. Lo ideal es leer literatura, porque así entendés que todo proceso artístico está mediado por la poesía. No leas historias que aparentemente hablan de música. O leelas, pero no buscando la utilidad. Para robar trucos y frases vas a escuchar a los grandes guitarristas y trompetistas, sobre todo a los de jazz, pero la lectura tiene que ser contemplativa, de apertura al mundo.
Si estás cocinando, no toques la guitarra con los dedos engrasados. Tratá de cocinar poco y tocar mucho.
Mi papá decía que el talento es su propia expectativa: o estás a su altura, o te vas sacudiendo un pañuelo de despedida. Truman Capote decía que cuando Dios nos da un don, también nos da un látigo que tiene como finalidad la autoflagelación. Grabátelo en la cabeza. Más de una vez te vas a preguntar si tenés talento o no. La pregunta es entendible [la palabra original es borrosa, podría ser “emergible”, por contexto estimamos que se trata de “entendible”] pero redundante: todo artista sabe si tiene talento. Si lo duda, o si se siente herido cuando otro le dice que no tiene talento, es porque no lo tiene. El talentoso es consciente de su don.
Acá te digo qué hacer para no caer en las drogas a causa de las presiones internas y externas que vas a tener. Tocá la guitarra como si no fueras talentoso, relacionate con el instrumento desde el placer. La paradoja es que si sos realmente talentoso vas a ver que tus límites son elásticos y que con poco esfuerzo vas a poder hacerlo mejor. Es decir, con un 10% de esfuerzo vas a poder hacerlo un 15% mejor. Ese 5% diferencial es lo que va a marcar tu vida, para bien y para mal.
Hacé ejercicio físico. Acompañá a tu papá al gimnasio, no importa que sea tarde y tengas sueño. Espera a tu papá en la esquina, entrá con él y corré en la cinta. Probablemente tengas que esperar porque a esa hora hay mucha gente, la mayoría recién sale del trabajo y va para oxigenar el culo después de estar ocho horas sentado. Tené paciencia, corré cuando llegue tu turno. Mirá las expresiones de los oficinistas, empresarios, profesores, dónde apuntan sus caras cuando corren, qué tan largas son sus medias deportivas, cada cuánto miran el reloj de pared. Estate atento a si susurran cosas, cada cuánto suspiran. Algunos van a suspirar de dolor, otros de placer. Tratá de charlar con estos últimos. Preguntate cuántos de los que están en ese gimnasio tendrán problemas existenciales, cuántos serán infieles con sus parejas, cuántos están ahí para escapar de sus familias. Cuando vuelvas a tu casa, seguí practicando una o dos horas más. Tocar bien la guitarra también es una pelea contra la gravedad. 
Acá te digo cómo rechazar una cita que te proponga una chica que bien podría llamarse Antonella, Damián o incluso Agustina. Decile algo así como: me encantaría tomar una cerveza en ese bar nuevo que abrió, pero tené en cuenta que me levanto realmente muy temprano, hago una hora de calentamiento en ayunas, después voy a la academia, donde toco cuatro o cinco horas, después salgo a caminar y después vuelvo a tocar. A veces vomito. Cuando llego a casa escucho los discos que tengo atrasados, y no todos me gustan. A las diez ya estoy acostado y tapado. Camila o Antonella va a llevar su asunto-social-de-ritual-adolescente-de-birra-y.pareja a otra parte. El camino se ensancha y muchos de los cruces son seductores, hay que tener cuidado.
Acá te digo cómo pasar el estirón normal del crecimiento adolescente, que cada extremidad del cuerpo duela como una migraña porque se trabajaron determinados grupos de músculos hasta dejarlos duros y se resisten a medida que el crecimiento de los huesos los estira y, entonces, duelen todo el tiempo. Hay medicación para estos casos.   
Si cuando crecés no llegás a ser grande de verdad, no te desesperes. Hay tratamientos psicológicos, algunos cubiertos por la mayoría de obras sociales, que te ayudan a superarlo. También podés enseñar.


miércoles, 25 de octubre de 2017

En Río Grande (II: Instrucciones para escribir en este blog)

I) Si a la seguidilla de entradas se le dio el nombre de “En Río Grande”, lo mínimo que se espera es que los textos impliquen, de alguna manera, a la ciudad del viento. Sin embargo, no olvidar que esto es un blog y que a nadie le importa lo que se escribe, así que hay libertad. No sentirse atado a la responsabilidad de decir cosas importantes ni que tengan sentido.

II) No contar cosas muy íntimas (por ejemplo, cuántas veces fui al baño), pero tampoco demasiado generales (evitar copiar y pegar datos demográficos de Wikipedia, salvo que sean realmente llamativos).

III) Alguna anécdota del día puede servir. Si es acompañada de una pseudoreflexión, mejor. Podría ser, por ejemplo, que hoy estuve en una clínica. Hoy y ayer me tocó ir muy temprano y, gracias a las horas que me tocó esperar, dos cosas llamaron mi atención. La primera, una chica que se pasó un buen rato esperando en la guardia. Era muy linda. La segunda, vinculada a la primera, es que un hospital o clínica es un lugar en el que la gente no está predispuesta al chamuyo casual. O todos están enfermos, o bien acompañan a alguien que lo está, así que cualquier tipo de intento podría ser mal visto. Por supuesto, no es algo que realmente me interese, ya que la posibilidad de que yo le hable a una chica linda, sea en el ámbito que fuese, es casi nula. En este caso solo atiné a sentarme al lado, simulando que esperaba que alguien saliera de la puerta que teníamos enfrente y dijera mi nombre (yo no tenía que atenderme en la guardia, en realidad estaba deambulando por los pasillos esperando que atendieran a mi mamá). Enseguida supuse que estábamos compitiendo, porque el hecho de que la llamaran a ella retrasaría mi turno, y si me llamaban a mí se retrasaría el de ella. Deberíamos odiarnos, ella debía odiarme. Después de unos diez minutos sentados prácticamente solos y de mirarla varias veces de reojo, de memorizar su cara e imaginarme que le gusta la literatura o que es fotógrafa o algo así, me preguntó si sabía dónde había una máquina de café. A esa altura yo estaba mentalizado de que éramos enemigos y de que seguramente detestaba mi presencia; pensé que tal vez su pregunta era un truco para neutralizarme de algún modo o que me estaba haciendo una broma. No le di el gusto: contesté que no, acá no hay nada, acto seguido me levanté y me fui. Concluir esta anécdota con la frase: qué idiotas somos algunos seres humanos.

IV) No ser del todo sincero pero tampoco mentir. Encontrar el equilibrio. Agregar que la anécdota de arriba es verdad.

V) Evitar contar cosas que leí estos días, a nadie le importa. Aunque si no queda otra, se puede mencionar, aunque sea al pasar, que hoy terminé Formas de volver a casa, del chileno Alejandro Zambra. No dar opiniones, salvo que tenga muchas ganas.


VI) Tratar de no ser injusto. Si la vez pasada se defenestró a Río Grande y ahora esa impresión cambió, decirlo. Así que lo digo: ayer y antes de ayer hubo unas tardes hermosas, sin viento. Las tardes se estiran, se desgarran en colores como el amarillo, naranja, violeta, en ese orden, hasta que anochece después de las 21 hs. Adjuntar una foto rudimentaria desde la habitación en que se escribe esto. Recordar que, capaz sin darme cuenta, soy feliz.